Encarna María Toral

Encarna María Toral
Rivalidad entre herman*s. ¿Cómo mejorar su relación?
abril 9, 2026

Una de las consultas más frecuentes que realizan los padres tiene que ver con la manera de afrontar las disputas y peleas entre los herman*s. Siguiendo algunas lecturas sobre el tema, como al autor T. Berry Brazelton, he recopilado unas pautas generales que pueden ser de utilidad para manejar los momentos más tensos.

La presencia de uno o varios herman*s ayuda al desarrollo del niñ* y favorece su proceso de aprendizaje, ya que aumentan las oportunidades de aprender a compartir, a escuchar las necesidades del otro y a equilibrarlas con las suyas, a ocupar y reinvidicar un lugar en la familia…

En el caso de los hij*s únicos, esta función de socialización, se podrá llevar a cabo con prim*s y amig*s. Por eso es muy importante facilitar el acceso a los iguales para que pueda desarrollar y potenciar estas competencias.

Conforme los herman*s van aprendiendo el uno del otro y a adaptarse entre ellos, rivalidad y afecto se convierten en las dos caras de la misma moneda. Es una forma de conocerse mutuamente: “¿Hasta dónde puedo llegar?, ¿hasta dónde puede llegar él/ella?, ¿hasta dónde lo puedo presionar?, ¿qué pasa si se desmorona?, ¿qué siento cuando él/ella me admira o está furios* conmigo?”.

Hasta cierto punto, las relaciones fraternas no están en manos de los padres, aunque éstos pueden decidir cómo actuar con sus hijos frente a los conflictos e incluso peleas que pueden influir en estas relaciones, para bien o para mal. Pueden contribuir a transformar las interacciones de sus hijos, negativas y positivas, en valiosas oportunidades para conocerse y aprender a convivir. Es decir, pueden favorecer la creación de un vínculo sólido entre ell*s no tomando partido por uno o por el otro y evitando caer en la tentación de reclutar a uno como aliado en contra del otro.

Por tanto, siendo la convivencia uno de los objetivos principales, es importante que los padres entiendan que cada hijo tendrá que aprender el modo en que funciona su herman* y la forma de comunicarse con él/ella, sin olvidar que la competencia entre ell*s también ofrece estimulación para los aprendizajes siempre y cuando se gestione de manera constructiva.

Los herman*s pueden tener temperamentos distintos y por tanto, será necesario respetar su forma de ser y de reaccionar a los ataques o situaciones controvertidas. Hay niñ*s más sensibles y tranquil*s que necesitan tiempo para aprender a enfrentarse y defenderse a su manera (en este sentido, los adultos pueden acompañarle y enseñarle formas de expresar lo que siente, de poner límites, de pedir ayuda, de distanciarse ante una posible amenaza o entender que puede decir que no, a identificar una relación de iguales que pueda ser más abusiva, etc.). Hay niños más impulsivos y activos que tienen dificultad para regular sus emociones y tolerar la frustración, por lo que intentarán imponer su criterio por encima de cualquier otro. En este caso, será importante enseñarles formas de respetar los límites con firmeza y cariño, expresar sus emociones desde un lugar de calma, regular sus reacciones más impulsivas y asumir las consecuencias de las mismas…

¿Qué hacer cuando entran en conflicto?

En primer lugar, si entiendes que ninguno de los niñ*s corre peligro, puedes limitarte a comentar (si llaman tu atención) que sabes lo frustrante que puede ser esa situación para ell*s o que entiendes su enfado (validando su emoción), y que esperas que puedan encontrar una forma adecuada de poder solucionarlo. Dales tiempo, a veces lo mejor es intervenir menos. “Menos es más”.

Si ésto no es posible porque alguno de los niñ*s corre peligro y comienzan a pegarse sin control, entonces puedes retirar los objetos o juguetes peligrosos y separar a los niñ*s diciendo algo así: “Vale, ahora es importante que os calméis. Después, si lo necesitáis, podemos hablar”. “Si queréis, podéis ir a vuestro espacio para relajaros”. Amb*s probablemente, presionarán para que tomes partido diciendo quién ha empezado, quién tiene la culpa, cómo ha sido…No lo hagas. En vez de eso, repite la misma consigna. “Ahora no es el momento de hablar, vamos a intentar calmarnos”.

Una vez se hayan tranquilizado y estén en disposición de hablar, puedes validar y demostrar que puedes entender lo que sienten. El objetivo es transmitir a un* que puede regular sus propias emociones y al otr* que puede aprender formas de protegerse cuando los demás pierden el control. Si das más permiso a tu hij* para que pueda tener esos sentimientos de frustración y enfado y demuestras que los aceptas (lo que no significa que compartas las reacciones agresivas que pueda tener) es probable que él/ella pueda estar menos alterad* con todo el mundo y será menos probable que haga daño a su herman*. A continuación puedes pedirles que piensen cómo han contribuido al conflicto y de qué manera pueden resolverlo ellos sol*s. Si no es posible que lo resuelvan por sí mismos y finalmente tienes que intervenir, asegúrate de escuchar a amb*s, de no tomar partido por ninguno. Puedes intentar que lleguen a alguna opción justa para l*s dos haciendo algunas propuestas en las que amb*s se puedan responsabilizar de su parte. Si esto no es posible, podrán establecerse unas consecuencias lógicas en relación a la situación que ha generado el conflicto y al grado de compromiso adquirido por cada un*.

En los primeros años, las peleas también son el resultado de la capacidad limitada de los niñ*s para compartir, turnarse, tolerar la frustración, expresarse, comunicarse, diferir la gratificación, pactar y transigir. Los padres los pueden ayudar, con paciencia y repetición, a aprender estas nuevas habilidades sin intentar determinar quién ha empezado o de quién es la culpa.